-Kaixo.- saluda Amelia. El pescador de salmón levanta la cara, arisco.

-Kaixo.

-Somos forasteros en esta zona- dices-. Estaríamos interesados en que nos llevasen a un sitio en barca.

El pescador no muta el gesto.

-¿A dónde?

-A la Isla de los Faisanes.

Te preguntas qué piensa el pescador tras su gesto inalterable. Puede que tema que seais refugiados y que no quiera problemas. O simplemente crea que le estáis tomando el pelo.

-No llevo pasajeros- se limita a decir. Su silencio posterior parece calculado-. Pero esa barca no tiene propietario- señala un pequeño bote cubierto por una lona en el que no habíais reparado-. Su dueño murió hace una semana y no le queda familia. Nadie la echará de menos, pues.

Y tocándose el ala de la gorra a modo de saludo, el pescador guipuzcoano se aleja a continuar con sus quehaceres, tal vez para dejaros actuar sin ser testigo.

-¿Os hacéis con la barca?

-¿Buscáis otro medio?