Cuando vuestra patrulla entra en el despacho de Salvador Martí, veterano subdirector del Ministerio del Tiempo, gestos, miradas y actitudes os dejan claro que la que tenéis ante vosotros es una misión de no poca relevancia.
-El busca pitando como loco un sábado por la mañana- observa Julián-, ¿qué tiene tanta importancia?
-Eso digo yo- farfulla Angustias, a la que, galantemente, Ernesto abre la puerta y cede el paso-. ¿Tanto le costaba darme un fin de semana para irme a las fiestas patronales de mi pueblo, jefe?
-Alguna puerta habrá para que pueda ir la semana que viene- quita peso Salvador, aceptando el café que le trae su diligente ayudante-. Otro azucarillo, Angustias.
La secretaria bufa sin disimulo.
-Veo que mi trabajo hoy aquí es indispensable.-refunfuña, y abandona la habitación, recordando con nostalgia las condiciones laborales de su siglo XIX de procedencia.
-¿De qué se trata?- pregunta Julián, dejándose caer en la silla- ¿Goya, los Reyes Católicos, Calderón de la Barca, ese ganador del premio Nobel que nadie recuerda?
-No se lleve ese mal ojo a la misión, Martínez- ataja Salvador-. Hoy partirán a uno de los momentos más importantes de la Historia reciente de nuestro país.
-No hay español de este siglo que no conozca estas imágenes.- os introduce Ernesto Jiménez, el jefe de operaciones del Ministerio. Aunque procedente del siglo XV, maneja con soltura su portátil, mostrando al intrigado equipo una antigua grabación en blanco y negro.
Alonso de Entrerríos, prosaico veterano de cien campos de batalla, tuerce el gesto decepcionado.
-Vuesas mercedes y yo tenemos diferentes conceptos de lo que es un hecho histórico importante- comenta con elegancia- si tal dignidad os merece ver a unos caballeros de edad bañándose en la playa.
-Son Manuel Fraga Iribarne, por entonces Ministro de Información y Turismo, y el embajador de los Estados Unidos en España.- le informa Amelia Folch, que a pesar de su juventud es una de las mujeres españolas más preparadas de al menos tres siglos. Ante las imágenes, incluso Julián abandona su habitual sarcasmo.
-Palomares.- sentencia el enfermero madrileño. Alonso de Entrerríos se encoge de hombros.
-Se está convirtiendo en un hábito que pregunte esto, pero, ¿alguien me puede decir qué pasó en ese lugar?
-Durante su dictadura, Franco se aseguró la amistad de los Estados Unidos, necesaria para mantener su régimen, a cambio de convertir España en un gobierno satélite del imperio americano- le pone al día Julián-, permitiendo que se usase nuestro territorio como base de operaciones en su tensa relación con la Unión Soviética. En una de las operaciones de la aviación norteamericana sobre España, dos aparatos chocaron en el aire y cayeron sobre la costa de Almería cuatro bombas atómicas que, por fortuna, no llegaron a explotar.
-¿Bombas atómicas?- inquiere el soldado de los Tercios-, ¿qué tipo de ingenio es ese?
Ernesto acude a otra grabación para explicar la relevancia de la misión. Con gesto gélido, gira la pantalla del portátil hacia Alonso de Entrerríos. Las imágenes muestran una detonación atómica y sus devastadores efectos. Edificios enteros arrasados por huracanes de fuego. Bosques arrancados y convertidos en cenizas en cuestión de segundos. Hongos ardientes y cegadores que ascienden más allá de las nubes. Tras más de veinte años como militar, Alonso creía haberlo visto todo.
-¿Cómo distinguen estas bombas a soldados de mujeres, ancianos y niños?- pregunta, con falsa ingenuidad. Amelia baja la cabeza. No todos los cambios que se han producido en la Humanidad desde que el tercio fue rescatado de las tierras de Flandes han sido buenos.
-No lo hacen. Las víctimas de las dos bombas atómicas utilizadas en la Guerra Mundial ascienden a un cuarto de millón de personas, en su mayoría civiles.
Alonso gruñe, y se gira hacia Julián.
-La próxima vez que me acuséis de venir de un siglo bárbaro, recordad estas imágenes.
Sin réplica posible, el enfermero se dirige a sus superiores.
-¿Cuál será nuestra misión en Palomares?
-Por fortuna, las bombas se recuperaron sin efectos catastróficos en la población.- dice Ernesto. La siguiente imagen que os muestra es la silueta de la costa de la región, con los cuatro puntos en los que cayeron los ingenios atómicos.
-Por desgracia, en este Ministerio sabemos que lo que dicen los libros de Historia no siempre es definitivo.- añade Salvador, imponiendo su exceso de celo. El jefe de operaciones os extiende el expediente del caso.
-Deberán viajar a Palomares. Allí presenciarán el accidente que hizo que cayesen las bombas y se asegurarán de que los americanos recuperen los restos sin incidencias.
-Ya saben- Salvador se quita las gafas y os apunta con ellas-. Que la Historia al escribirse no se salga de la línea.